CulturaLado B

París, julio de 1889

Gustavo me había sugerido que acudiéramos a La Exposición Universal de París, era el mes de julio del año de 1889. Los franceses conmemoraban su primer siglo de la toma de la Bastilla, era una fiesta y maravillosos desfiles para honrar la Revolución francesa. Le comentaba a mi hermano que esa torre Eiffel, me recordaba a la gloria de Roma en los tiempos antiguos. Siempre disfrute leer los libros de historia y París ofrecía progreso en sus obras arquitectónicas. Recuerdo que la gente caminaba con la elegancia de portar un traje negro. Niños y mujeres sonreían.

—Era admirable ver caballos por todas las calles—.

Personas se abrazaban con respeto, la hegemonía de París me producía encantamiento. Gustavo, me comentaba que las francesas eran las mujeres más bellas del mundo. Yo le comentaba que no estaba seguro de que fueran francesas, en aquel tiempo señoras y señoritas de todas partes desembarcaban.  

La elegancia era importante, la familia nos había inculcado buenas costumbres. En mi corazón ardía un sueño, regresar a mi patria, recordaba mis paseos a caballo y ver los horizontes de los viñedos de Parras. Estaba tranquilo y consiente que París nos proporcionaría intelecto y sembraría valentía para transformarme como hombre. Para los que quieran pensar de otro modo, debo confesar que no me cautivaba ver tantas señoritas con finos vestidos y en su mano cargando una sombrilla para protegerse del sol. Verdaderamente eso no me atraía tanto. Los militares franceses eran jóvenes que coqueteaban, mientras que Gustavo y yo añorábamos acudir a bibliotecas. Otras veces nos subíamos al tren y dábamos paseos simplemente para deleitarnos, era algo que la lectura me había enseñado. Mis amigos me decían que era muy parecido a un viejo, que solamente me faltaba un bastón y un sombrero negro. Aquellas palabras me producían humor, simplemente sonreirá, yo era muy joven. Mi tata Evaristo me había forjado ideales que quedaron sellados en mi alma.

Aquella noche panchito Madero tuvo una premonición, no pudo conciliar el sueño y entre escalofríos y miedo escuchaba como las ventanas se abrían y afuera se escuchaban murmullos. La sombra de un caballero negro atravesaba la pared. Era una de las tantas pesadillas que lo perseguían. Afuera estaba lloviendo. Despertaba con los ojos hinchados. Se escuchaba que alguien tocaba la puerta, era Juan Sánchez Azcona, su inseparable amigo, siempre hablaban de México con un tono de extrañamiento. Era difícil para ambos permanecer alejados de la patria.