CulturaLado B

Eugenio Oneguin, por Aleksandr Pushkin 3

¡Qué bien sabía atraer la piadosa mirada de la viuda resignada, y, aparentando timidez y azoramiento, entablar
conversación con ella! ¡Cómo sabía disertar sobre el platonismo con cualquier
señora, hacer reír con un epigrama inesperado y seguir la corriente a la tontuela! Se
parecía al lobo fiero que, consumido por el hambre, sale al bosque frondoso y
corretea entre los perros alrededor del rebaño sin experiencia; todo duerme, y, de
pronto, el ladrón huye con un corderito al bosque sombrío.
A veces, cuando aún está en la cama, le traen tarjetas. ¿Qué será? ¿Una
invitación? En efecto, tres casas le invitan para la noche; aquí habrá un baile, allí una
fiesta infantil. ¿Adónde acudirá mi travieso, por quién empezará? Da igual; no es
difícil llegar a tiempo a todos los sitios. Por el momento, en traje de mañana, con un
ancho sombrero a lo Bolívar, Onieguin se pasea por los grandes y espaciosos
bulevares, hasta que el toque sonoro le llama a comer.
Ya oscurece; se sienta en el trineo, se oye el grito del cochero: «Cuidado,
cuidado»; un polvillo helado platea su cuello, de castor. Corre hacia el «Tolón»; está
seguro de que allí le aguarda Kaverin. Al entrar, un corcho salta hasta el techo,
liberando el vino, que brota cual cometa. Le sirven un roastbeef ensangrentado,
trufas, lujo de los años juveniles, y el mejor aspecto de la cocina francesa: el inmortal
pastel de Estrasburgo, el queso de Limburgo y la dorada piña. La sed pide más copas,
quiere apagar el ardor de la grasa de las croquetas; pero un toque les avisa que el
nuevo ballet ha empezado. Mordaz legislador del teatro, admirador voluble de las
encantadoras actrices, respetable ciudadano de los bastidores, Onieguin volaba al
teatro donde cada cual, respirando la crítica, está a punto de aplaudir el entre-chat,
silbar Fedra o Cleopatra, llamar a Moina por el mero gusto de lucirse. ¡Fantástico
mundo! Allí, en los viejos tiempos, brillaron Fonvisen, amigo de la libertad y
poseedor de la sátira atrevida, y su imitador Kniagnin; allí Ozerov compartió las
lágrimas y los aplausos de los espectadores con la joven Semionova; allí nuestro
Katenin resucitó el elevado género de Corneille; allí se representaron las numerosas
comedias de Chajovcki; allí nació la fama de Didlo; allí, entre bastidores,
transcurrieron mis años juveniles. ¡Diosas mías! ¿Qué es de vosotras? ¿Dónde os
halláis? Escuchad mi triste llamada. ¿Seguís siempre iguales? ¿Otras doncellas,
sustituyéndoos, lograrán reemplazaros? ¿Escucharé de nuevo vuestros coros?
¿Volveré a contemplar la danza sutil de la Terpsícore rusa? Pero tal vez mi mirada
cansada no encontrará en la escena aburrida caras conocidas, y, fijando en este mundo
ficticio los desilusionados impertinentes, espectador indiferente de la alegría, me
pondré a bostezar en silencio y a recordar el pasado.