CulturaLado B

La metamorfosis, por Kafka 49

Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que había
caído después de interrumpir su música de una forma tan repentina,
había reaccionado de pronto, después de que durante unos momentos
había sostenido en las manos caídas con indolencia el violín y el arco, y
había seguido mirando la partitura como si todavía tocase, había
colocado el instrumento en el regazo de la madre, que todavía seguía
sentada en su silla con dificultades para respirar y agitando
violentamente los pulmones, y había corrido hacia la habitación de al
lado, a la que los huéspedes se acercaban cada vez más deprisa ante la
insistencia del padre. Se veía cómo, gracias a las diestras manos de la
hermana, las mantas y almohadas de las camas volaban hacia lo alto y
se ordenaban. Antes de que los señores hubiesen llegado a la
habitación, había terminado de hacer las camas y se había escabullido
hacia fuera. El padre parecía estar hasta tal punto dominado por su
obstinación, que olvidó todo el respeto que, ciertamente, debía a sus
huéspedes. Sólo les empujaba y les empujaba hasta que, ante la puerta
de la habitación, el señor de en medio dio una patada atronadora contra
el suelo y así detuvo al padre.
-Participo a ustedes -dijo, levantando la mano y buscando con sus
miradas también a la madre y a la hermana- que, teniendo en cuenta las
repugnantes circunstancias que reinan en esta casa y en esta familia -en
este punto escupió decididamente sobre el suelo-, en este preciso
instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré,
naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no
procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles,
créanme, de justificar.
Calló y miró hacia delante como si esperase algo. En efecto, sus dos
amigos intervinieron inmediatamente con las siguientes palabras:
-También nosotros dejamos en este momento la habitación.